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viernes, 26 de junio de 2015

HUESO SECO CAPÍTULO 1, PARTE 2.

Para cuando volvieron a la sala ya habían llegado Adriana Lara y Gustavo. Adriana era muy amiga de Russek, se conocieron en reuniones del PBHS, Gustavo el presidente de la comisión, también lo conocían por el mismo partido, gracias a él Adriana y Ángel estaban ahí. No los estaban esperando, estaban hablando, hablando cosas por las que no valía la pena esperar por nadie, básicamente se estaban recordando cosas que ya sabían y se deseaban buen viaje; pues ese día se irían todos, excepto el presidente, a hacer observación en las oficinas de la CNAP (Comisión nacional de Asuntos Paranormales). 

Jaime iría a la ciudad de San Benito, Sandra Barroso a Dos Aguas, Manuel a las oficinas de Valle de Mosca, Miguel Ángel se quedaría a observar la oficina de CNAP capitalina, y Adriana Lara viajaría a Puerto Iscariote.

Se despidieron algo emotivos pues durarían al menos dos semanas sin verse, luego partieron, cada uno a su destino, ya los esperaban cuatro automóviles con cuatro choferes, No se tomaron la molestia de contratar transporte para Russek, él se negó, conduciría su propio auto y se hospedaría en su propia casa, después de todo las oficinas capitalinas de CNAP estaban a unos veinte minutos.

Adriana hiso casi cuatro horas en llegar, puerto Iscariote está a unos 150 kilómetros, lo normal es que se haga tres horas con tránsito ligero, la carretera estaba muy poco transitada, como siempre, pero el chofer conducía lento, no le gustaba correr riesgos. Adriana se distrajo viendo el paisaje.

El nombre de Puerto Iscariote sí es, por cierto, referencia a Judas Iscariote. Cuando se fundó Hueso Seco como Estado Nacional algunos de los lugares más malditos conservaron los nombres despectivos y algo tenebrosos que los pueblos fundadores les pusieron cuando lo que menos querían era extenderse hacia aquellos lugares o siquiera acercarse. Por eso los nombres tan pintorescos como Puerto Iscariote. A valle de la mosca le pusieron así por la costumbre de los nativos de sacrificar animales, y a veces personas, y dejarlos a la intemperie. San Benito es una excepción, allí se fueron algunos fundadores cristianos y quisieron exorcizar ese lugar maldito.

Adriana llegó al hotel, ya el día siguiente empezaría con el trabajo, primero había que darse un baño, comer algo, y hacer tiempo, algo de turismo tal vez, así estaba programado.

Llegó a un hotel humilde, algo que se tambaleaba entre posada y hotel, para ser posada era mucho, pes tenía un lobby, para ser hotel no se merecía una estrella a pesar de las dos que exhibía en un anuncio que decía “Hotel Santa trinidad”. Aunque a nadie le sorprendería si en los datos oficiales quedara registrado un hotel de lujo para cada observador, incluso para Russek.

No era solo que el gobierno fuera tacaño y corrupto, en realidad era de lo mejor de la zona, Puerto Iscariote no es un lugar muy turístico a pesar de que tiene sitos naturales prácticamente vírgenes, muy pocos quieren verlos. Si tiene visitantes, es una vez porque por lo general no vuelven.
Es algo extraño que tiene, dicen los visitantes cuando se les pregunta qué no les gustó, es algo en la brisa, en el mar. Algunos visitantes nacionales están un tanto acostumbrados a sensaciones extrañas en sus ciudades natales, aun así les incomoda.

El chofer la ayudó con su equipaje, se despidió y se fue.

 Adriana preguntó por su cuarto, se dio una ducha y se quedó dormida, tubo sueños extraños que no recordó al despertar pero que le dejaron una sensación ligera de miedo.

Comió en una cafetería a una cuadra del hotel, unas quesadillas con un sabor muy por debajo de sus estándares de lo que está bueno, “en las costas todo lo que no son mariscos o pescado sabe mal”, Adriana ya lo sabía, ya lo había comprobado, “parece que alimentan a las vacas con algas y les dan de beber agua de mar y eso les da el sabor”. A Adriana le gustan los mariscos, nada como unos camarones empanizados o un buen filete para ella, pero aunque tuvo la ocasión de cualquiera de estas dos, ya fuera en la cafetería o en el restaurante a media cuadra, prefirió pedir un par de quesadillas.

Cuando probó el decepcionante sabor de la carne y se preguntó por qué pidió aquello se dio cuenta de que, inconscientemente  estaba evitando al mar y todo lo que tuviera que ver con él. No fue al restaurante porqué está media cuadra más cerca del mar, no pidió pescado porque lo sacaron del mar, es una mujer con buen gusto y buen sueldo, siempre hubiera preferido un filete en un restaurante a unas quesadillas en una cafetería. Se dio cuenta y supo que era a causa de ese sueño que no podía recordar.

Volvió al hotel, era temprano pudo haber ido a comprar algo o pasear, pero tuvo miedo de pasear sola por esa ciudad, no parecía buen lugar para hacer turismo, nadie la guiaría, la gente no estaría acostumbrada a tratar a turistas, ni mucho menos a cuidarlos. Preguntó a la dueña del hotel sobre cómo llegar a las oficinas de la CNAP.

—Tienes que agarrar el autobús, la ruta 16, en la calle a tras de ésta, el autobús te deja en frente. ¿Va a reportar algo señorita?—Respondió y pregunto la señora que apenas tenía cumplidos 60, pero se veía más avejentada.

Adriana sonrío, casi rio,  un triunfo personal tener casi cuatro años de casada y dos hijas, y aun así tener cuerpo y pinta de soltera.

—No, voy a hacer observación, trabajo. —Respondió Adriana aun con la sonrisa triunfal.

— ¡Ho sí!, su reservación está a nombre del Gobierno Nacional ¿verdad?

—Aja, sí.

—Es para que se apruebe esa ley ¿verdad?

—Pues, es para darles a los congresistas información objetiva, para qué ellos vean que tanto se necesita la reforma, finalmente ellos tienen la decisión. —Explicó la joven.

—Pues ojalá que la aprueben, para a ver si se van todos esos… Ya sabe. (No quiso decir quiénes).
La vieja vio disposición a la plática en los grandes y un poco saltones ojos de Adriana, y la invitó a sentarse en las sillas del lobby para charlar más a gusto, “que al cabo casi ni hay chamba”  argumentó la señora.

Las baratas sillas de playa, que visualmente desencajaban en un lobby, resultaron ser cómodas y dese ese punto de vista, adecuadas al lugar, todo se veía desde otra perspectiva, ya no era un hotel tan feo, desde ahí parecía rústico, mucho tenía que ver la relajación de acostarse cerca de la calle viendo el nublado y semiurbano paisaje, un poco sombrío. Para Adriana el hotel se ganaba una estrella de las que anunciaba, y cuando la señora sacó algunas cervezas enlatadas de un pequeño refrigerador, se ganó la otra.

Hablaron largamente. La señora mayor habló de su familia, de su fallecido esposo, de sus hijos que no viven en la ciudad, ni le ayudan con el negocio, pero la visitan. A Adriana le gusta presumir de sus hijas cada que puede así que habló de ellas, aunque tuvo que aceptar que tenía poco más de la mitad de los años de la señora y un esposo. A la señora le sorprendió oír esto, de hecho Adriana luce como de diecinueve o veinte años, a todos les sorprende saber que no es así.
Luego, fue cambiando el tema hacia lo que pasaba en aquella ciudad. Hablaron sobre “esos”. Y fue una conversación interesante.

Resulta que la señora no era católica realmente, siempre fue una cristiana protestante a medias, y lo seguía siendo, aunque sí llegó a ir a la parroquia de la ciudad. Solo le puso ese nombre al hotel para mantener lejos a “esos”, ya que los católicos tienen, en ese lugar, fama de ser muy devotos, fanáticos, eso tendría que incomodarlos.

Cuando la señora decía “esos” se refería, obvio, a los anfibios ortodoxos. Los anfibios son, en síntesis, una raza, un pueblo emparentado con Okknor, un Dios serpiente gigante. Los anfibios ortodoxos adoran a esa serpiente y le dedican sacrificios, matan ganado y humanos, los sacrificios humanos son los más honrosos. “Esos” de vez en cuando toman a las personas por la fuerza, bebes, niños, adultos, los llevan a una quebrada y los arrojan en sacrificio a su Dios. El sacrificio es recibido a través de unas serpientes gigantes también emparentadas con Okknor, pero en línea más directa y sin genes humanos. Se dice que la cruza entre estas serpientes con seres humanos es el origen de los anfibios.

—Están matando más gente últimamente, apenas hace una semana se robaron a un bebé, se lo quitaron de las manos a su mamá.

Adriana ya sabía toda esa información, sabía lo de los anfibios en la zona, lo numerosos y peligrosos que eran, sabía, por datos estadísticos, que había un aumento en la frecuencia de reportes de desparecidos y de homicidios de culto en el área. Pero comprobó que leer estadísticas es muy diferente a que te lo diga una persona que vive eso de primera mano.

—Sabe señorita, lo peor…—Dudó un poco la mujer, tal vez no era lo peor, era difícil escoger un solo hecho horrible para denominarlo “Lo peor de todo”, terminó por convencerse de que al menos desde un punto de vista Sí era lo peor. — Lo peor de todo es que algunos muchachitos se interesan por esas cosas, muchachos y muchachas normales quieren hacerse de su religión y hasta “mezclarse” con ellos.

 La dama podría oírse racista, y lo era, pero no se le puede culpar de perturbarse al pensar en gente normal fornicando con anfibios, porque ella no se refería a los anfibios que tienen mucho más material genético humano que de serpiente y que no son practicantes. Ella se refería a los, digamos “verdaderos anfibios”, una raza que posé alrededor de la mitad de genes humanos y la otra mitad de genes de serpiente, muy fáciles de identificar: Cabeza de reptil, cola, escamas, que además practican devotamente su horrible religión.

 En Puerto Iscariote prácticamente todos los anfibios que hay son ortodoxos, de hecho los anfibios más devotos de todos lados se mudan hacia allá, porque ese lugar tiene algo especial para ellos, es el mar donde viven esas serpientes, la quebrada donde hacen los sacrificios y aquella isla no muy lejana a la costa donde viven los anfibios más horribles, en todos los sentidos.
En Puerto Iscariote, a diferencia de cualquier otro lugar, si se habla de anfibios se habla de estos “verdaderos” anfibios.

Adriana no sabía nada sobre esa última noticia pero no le perturbó tanto como a esa mujer.

Luego de la charla Adriana subió a su habitación, leyó un poco para matar el tiempo, también vio la televisión, estaba aburrida pero no quería salir a dar una vuelta. Cuando se llegó la hora de cenar fue a la misma cafetería donde tomó la comida, ya no pidió quesadilla, prefirió cenar una rebanada de pastel y café.

En la cafetería había un pequeño evento cultural, unos chicos que estaban recitando poesía para los comensales. El joven que tenía el turno recitaba himnos a la noche de Novalis, Adriana escuchaba algo distraída las bellas palabras que no reconoció, pues de poesía nada sabía.

“Descendamos al seno de la Tierra,
dejemos los imperios de la Luz;
el golpe y el furor de los dolores
son la alegre señal de la partida.
Veloces, en angosta embarcación,
a la orilla del Cielo llegaremos”.

Apenas terminó de cenar; se fue, las ganas que tenía de quitarse el aburrimiento, por alguna razón se le fueron y de pronto lo que más quería era descansar.

“Loada sea la Noche eterna;
sea loado el Sueño sin fin.
El día, con su Sol, nos calentó,
una larga aflicción nos marchitó.
Dejó ya de atraernos lo lejano,
queremos ir a la casa del Padre”.

Esa noche tuvo un sueño, un sueño que tenía de vez en cuando, cuando era niña y adolecente. En el sueño la perseguía una mujer payaso, le causaba un enorme miedo. La payasa no era un monstruo horrible, solo era una mujer madura, de hecho algo atractiva, pintada de payaso. Pero a Adriana la daba terror cada que la soñaba, y va sabía por qué.

Cuando Adriana Lara era una niña de seis años; su mamá la llevó a ver un show infantil, era una cuenta cuentos reconocida, en su ámbito. No fue en un teatro sino en un aula más adecuada al tipo de público, al no haber butacas podían poner tapetes y cojines para que los niños se sentaran a la altura del suelo, y como no había tapanco la cuentacuentos podía interactuar mejor con su audiencia.
La pequeña Adrianita estaba en primera fila junto con su hermana de tres años, la juglar había iniciado el show con la calidad esperada, pero de pronto sufrió un ataque, Adriana nunca supo con seguridad qué tipo de ataque. La cuentacuentos calló y convulsionó, por un momento los presentes se preguntaron si era parte de la presentación, pero no podía serlo, nadie se dejaría caer así para entretener niños.

Murió rápido, antes de que pudieran intentar ayudarla, murió en frente de esos niños. A la pequeña Adrianita nunca se le olvidaría cómo aquella mujer con maquillaje de fantasía echaba espuma por la boca y moría justo frente a ella, tan cerca que incluso la cabeza de la mujer rosaba las rodillas de Adrianita, que estaba sentada de medio loto.


Un tiempo después de eso iniciaron las pesadillas, Adriana, la niña, le tenía miedo a aquella mujer, le tomo algo de tiempo y mucho de esfuerzo entender que la cuentacuentos no era mala, que solo tuvo la mala fortuna de morir en la presencia de ella y los otros niños. Obviamente su subconsciente nunca lo terminó de entender, aunque había pasado ya mucho tiempo desde la última vez que tenía ese sueño, desde que era adolecente. Ahora por algún motivo regresaba y lo hacía dándole el mismo miedo que antes.