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viernes, 17 de marzo de 2017

Hueso seco. Capítulo IV parte 2

La pesadilla que Adriana tuvo fue descomunal, no fue su recurrente pesadilla de la infancia, la de la payasa, pero fue igual de aterradora, quizá más.

Primero tuvo sueños singulares, extrañísimos; fue como si pasaran una película en su mente. Era una caricatura sin audio, los personajes eran aparentemente inofensivos, eran algo así como animales. Adriana sabía que aquellas tiernas criaturillas eran malvadas, aunque no hicieron nada ofensivo, nada malo. En el sueño ella solo podía ser espectadora, no podía interferir, solo podía ver esa película con trama y personajes tan ajenos a ella que no podía creer que fueran producto de su subconsciente. Ese primer sueño terminó con ruidos horribles, como un acetato rallado tocado a alta velocidad, con esto inició la siguiente fase: Parecía que estaba despierta, estaba en su cuarto, acostada en su cama, pero sola, sin su joven esposo, sola a un nivel espiritual. No podía moverse, hacía el intento, apenas podía mover los ojos para ver partes de la habitación, Todo parecía estar en su lugar. La principal diferencia era la asquerosa iluminación rojiza, menguada e incómoda. Miró hacia la ventana, estaba abierta. Todo estaba tan oscuro, el cielo estaba negrísimo, pavoroso; no había ni estrellas, ni luna, ni brillo de ningún tipo en el cielo. Por la ventana la vista era en gran parte ese cielo, esa nada, recortada por las casas de enfrente a media luz que no confortaban nada ante el vacío. La ventana abierta atemorizaba a Adriana, le daba la impresión de que inminentemente el mal entraría. El mal, tan simple como eso, algún ente maligno pero sin personalidad, ni intelecto, ni forma, simplemente “El mal”. Un hombre se acercó a ella, se sentó en la cama y volteó a verla, “ya viene, nuestra era viene”, luego volteó a la ventana, Ella también. Por la ventana veía rostros, parecían reflejos, eran muchos. Adriana no reconoció ninguno, así que se preguntaba ¿cómo su mente pudo crear tantas facciones? Adriana no les temió a los rostros, les tuvo lástima porque se notaba que sufrían.

Luego se vio transportada a aquella horrible quebrada de Puerto Iscariote; el mar estaba picado y el cielo igual de negro que en el anterior sueño. Quiso gritar y lo intentó, quiso despertar. Cuando por fin despertó se aferró a su esposo, se pegó a él y lloró; él la reconfortó aunque no sabía que pasaba.

Adriana se puso a pensar en lo que pasaba en Puerto Iscariote  y en la reciente matanza de Hueso Seco y en aquella maldita profecía, “El hijo de Okk”. En la mañana dentro de ella brotó una determinación a hacer algo, todo lo que estuviera en sus manos. No podía explicar esa decisión, no sabía por qué debería tomarse un gran asunto general como algo personal, solo sabía que tenía que hacerlo y que lo iba a hacer; y se sentía bien el pensarlo. Era de ese tipo de decisiones de las que uno está seguro porque en realidad uno no tomó la decisión, llega como inspirada, como impuesta por el universo, el Brahma, los Dioses o en lo que se quiera creer; y por más que lesione el orgullo el saber que realmente no fue una decisión, cuando se sigue se encuentra felicidad. Adrina no sabía que era lo que iba a hacer, solo sabía que lo iba a hacer y que el siguiente paso era comentárselo a su amigo Ángel Russek.

-¿Son tus medicinas?- Le preguntó Adriana cuando vio que Russek se tomaba unas pastillas.
huesos.

-Ángel. He estado pensando que debemos hacer algo, con lo que pasa, todo está muy raro y todo parece estar conectado; lo que te pasó a ti, lo de la masacre, y lo de Puerto Iscariote. Sí, por cierto, quiero preguntarte algo sobre eso de Puerto Iscariote.

-¿Qué?

-En Puerto Iscariote, no sé si sepas, pero se han estado robando cada vez más niños para sacrificarlos a las serpientes, y las niñas “normales” están teniendo sexo con estos anfibios, ya sabes de cuales, los que parecen más reptiles que hombres. Esto me preocupa, en algún lugar creo haber visto algo sobre una profecía que se parece mucho a esto. Tú sabes más sobre los mitos. ¿Sabes algo sobre eso?

-Bueno, primero me gusta tu vestido, y mmm, bueno, sí hay una.- Soltó una risilla de que le parecía ridículo, pero como Adriana se mostró interesada, continuó.- La profecía dice que vendrá un príncipe de la raza de Okk a gobernar a los humanos. Hijo de una mujer y una serpiente de Okk, la mujer tendría que ser una especie de “elegida”, o algo así… ¡Ah! Y tenía que ser totalmente humana. Estamos hablando de una cruza de una mujer con una de esas serpientes enormes, no un anfibio.

-¿Luego que pasa?.. , Gracias, Cuando nazca el príncipe.

-La era de Okk… No, primero un periodo de transición, una época de guerra, de resistencia, luego “La Gloriosa Era de Okk”.

Adriana se quedó pensativa, recordaba a aquella chica lunática de Puerto Iscariote.
-Empiezo a creer que eso está pasando ahora, no sé, como sea yo quisiera hacer algo Russek, pero no sé qué, ¿Qué podemos hacer?

-Mm, bueno, nadie lo sabe, yo tengo la misma espinita Adriana. Los hijos de Okk no son extremistas, y sí lo son eligieron el momento más estúpido para atacar, ¿vez? Ahora la ley Firmes está prácticamente aprobada y todos ellos van a ser encarcelados, y todos los anfibios practicantes o no del culto a Okk serán perseguidos, no tiene sentido.

-Sí, creo que mientras no sepamos qué pasa no podremos hacer nada. Tenemos que averiguar más.

-¿Más investigación?

-Sí, hay que llegar al fondo de esto.

-¿Se te ocurre algo así como un libro o un artículo?

-Sí, no lo había pensado, pero sí, y ya tenemos una parte hecha ¿no? Con la investigación que hicimos.

Adriana sonreía por la alegría de que su iniciativa tomaba forma y hasta se mostraba ya iniciada.

-¿Sabes qué? Tu vestido no me gusta, es verde moco. Tus piernas es lo que me gusta.

-ah, gracias, creo. Creo que es café.

-Como sea. Nunca dejas ver tus piernas, son tan… morenas y sexis, me gustan.

-¡Russek! --La situación se hizo un poco incómoda. Adriana aun sonreía intentando atenuar la incomodidad del momento.

-Me gustaría coger contigo, como amigos.

La sonrisa se fue –Sabes que soy casada—Respondió sin verlo a los ojos.

-Sí, sí, solo decía. Yo no tengo nada contra tu esposo, debe ser un gran tipo, yo no esperaría menos de tu elección. No quiero apartarte de él, ni fugarme contigo, ni nada; solo estoy hablando de la parte física, ya sabes. Mira, no quiero incomodarte, no te lo tomes como acoso, es solo un comentario, una propuesta amistosa que puedes considerar…

-¡No!

-Ok, bien. Ya no insistiré, ni habar.

-¡Bien! No lo menciones, nunca pasó, que lo hallas dicho.- Adriana estaba roja como jitomate. “debería ser él el avergonzado” pensaba, pero “el carbón de Russek” estaba fresco, relajado y enérgico; de hecho Adriana nunca lo había visto así, simpre ha sido relajado, pero ahora su actitud tenía algo diferente. Russek no solo se atrevía a verla a los ojos, sino que solo dejaba de hacerlo para mirar sus piernas.

Por suerte las circunstancias incomodas fueron cortadas por Pinkeston, que se acercó para llamar Russek.

-Vamos Russek, ya es hora.

-Ok, sí,--Luego se dirigió a su amiga—Me tendrás que disculpar, voy a hacer un show de magia, y de lo que dijimos estamos totalmente de acuerdo ¿verdad?

-¡¿De qué?!

-Nuestro proyecto.

-¡Ah! Sí, claro.